Agosto me sorprende y va más rápido de lo que pensé, también más gris de lo que pensé. Mi cuerpo me pide movimiento y mi cabeza necesita anestesia. Como siempre, lejos estoy de encontrar un equilibrio.
Tengo una relación amor/odio con la rutina, me gusta, me ordena pero me drena en partes iguales. Divido mi día en partes, en bloques, para que sea más llevadero. La cabeza intenta buscar y cuestionar cada cosa de mi vida y capaz hay que decirle: no es el momento. Necesito una sesión de terapia y, a la vez, siempre llego a la misma conclusión, todo es un proceso y los procesos hay que transitarlos, pero qué ganas de saltearse algunos casilleros.
Tiro el dado y sale un 1. Tengo bastante suerte en los juegos pero últimamente perdí las ganas de participar, me retiro por un ratito. Lo bueno es que estoy empezando a ser más honesta conmigo misma. No mentirme, no negarme, es un avance, aunque sea uno chiquito.
Hoy fue uno de esos días que simplemente no me banco. Estoy insoportable, molesta, cansada de mi. No entiendo cómo todavía no tuve un ataque de migraña, supongo que la medicación está funcionando. Igual no quiero llamar a la desgracia, con tener el corazón roto me alcanza y me sobra.
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