domingo, 6 de septiembre de 2026

Dejé de llorar de a poco, me encontré respirando como si hubiera estado nadando, con bocanadas de aire cortitas y medio cerradas. Tuve más presente el sonido del fuego, ese tan necesario después de que el tiempo me recuerde que aún seguimos en invierno. Ahí me dí cuenta que no necesito su cuerpo para dormir o un video random de youtube o una guitarra en loop. Puedo dormir sola aunque sea de esas noches que me cuestan más, donde todo se mezcla, todos esos sueños, aspiraciones y futuros posibles que vi consumirse como velas, donde ninguna palabra, frase o mensaje me llega. Ocho años. Me lo digo de nuevo: ocho años. 

Hoy ví a un flaco en el colectivo que iba de estados de instagram a estados de whatsapp, de vuelta a instagram y así, en loop. Me pregunté cuánto consumimos al resto, cuántos estímulos tenemos de vidas ajenas y me di cuenta cuánto necesitaba esa distracción tan mundana hoy en día. Me dí cuenta que no soy mejor que él cuando estoy abrumada y le escribo a una inteligencia artificial. Que distopia más rara.

Creo que es la primera vez que, si tuviera que elegir, iria para adelante en lugar de para atrás. Me gustaría verme en diez años y que todo tenga el sentido que ahora no tiene. ¿Estaré llorando por otra cosa que empezó y terminó? Espero no seguir en guerra conmigo misma, dudando de cada decisión tomada, volviendo una y otra vez en mis pasos, como si me hubiera olvidado de algo. El camino es cada vez más largo y cansador. Me drena muchísimo volver a pisar esas baldosas, las flojas, las enteras, las rotas, todas son difíciles en días como hoy. Quizás ese sea el mal hábito a cambiar, dejar de volver a esas calles que se parecen mucho a las del conurbano. De mí conurbano, del sur, y entender que con el corazón roto todo es complicado, pero mi mente también tiene malas jugadas justo en los peores momentos.

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